domingo, 29 de agosto de 2010

SubTerra 2010

Desde hace dos semanas, la noticia que 33 mineros permanecen sepultados bajo tierra en la mina San José, al interior de Copiapó, nos hace rememorar el clásico libro de Baldomero Lillo, SubTerra. Es increíble ver que transcurridosmás de 100 años, hoy la historia se haga carne en un grupo de compatriotas. Esta Historia no es ajena a la realidad nacional, y más bien se nos presenta como la perfecta representación del sistema de trabajo precario sobre el cual opera gran parte del país: un grupo de trabajadores enterrados por su propio trabajo, aislados bajo la roca y, por otra parte un gobierno tratando de "rescatarlos", para más bien, salvarse a sí mismos.


Lo sucedido nos demuestra, una vez más, lo precario e inseguro del trabajo en Chile; la condición que viven los mineros es también la realidad de miles de chilenos. Tampoco es un incidente aislado y fortuito, de hecho, un diálogo cotidiano de los mineros atrapados versaba sobre la posibilidad de no salir de la mina, y sobre el cómo enfrentarían dicho escenario. Entonces, ¿por qué comprometerse con tan riesgosa faena? Las respuestas están en la condición que viven los pobres de nuestro país, llevados por el mercado a colocar en juego sus propias vidas por el bienestar de sus familias. Accidentes como el que acontece hoy no se alejan de los que se exponen permanentemente trabajadores del área de la construcción, transporte, cargadores, pescadores, temporeros, etc.


Día a día un grueso de los trabajadores de nuestro país vende sus propias vidas al mercado para poder sobrevivir al ritmo que se les exige. Esto se expresa en el deterioro de su condición de salud, escasez de tiempo familiar y hasta el sacrificio de sus vidas. En contextos como el de hoy, ¿vale la pena arriesgarlo absolutamente todo, por mantener una vida apenas digna? El mercado laboral, por su parte no ofrece oportunidades a un gran número de chilenos, que se ven obligados a asumir funciones en tareas de alto riesgo y bajos salarios. Pareciera que los trabajadores en Chile se encuentran en un constante "all in" del cual no pueden salir.


En el lugar de los hechos se ha instalado una verdadera ciudad de reporteros, fotógrafos, políticos y familiares, que esperan un final feliz a una historia totalmente evitable. Animales carroñeros de chaquetas rojas se hacen parte del paisaje, centrando las responsabilidades en organismos intermedios, SERNAGEOMIN, y con ello obviando responsabilidades en los dueños de la empresa minera. Este acto nos recuerdan el caso del SHOA-ONEMI, y como en un país sísmico y minero, la institucionalidad no está acorde a las necesidades de la población. Al margen de toda esta situación, llama la atención el silencio inexplicable de la CUT y de la Confederación de Trabajadores del Cobre quienes no han levantado la voz entorno a denunciar las negligencias que han llevado a este trágico desenlace.


No es posible aceptar voces en los organismos del Estado que defienden la flexibilidad laboral, hablándonos de "hacer todo lo humanamente posible", cuando se puede apreciar que lo humanamente posible, o no se hizo o simplemente no se quiere hacer.


Se nos demuestra una vez más que el mercado no sabe autoregularse y que el Estado al servicio del mercado es complaciente con esa desregulación que afecta a los trabajadores. En primer lugar, podemos observar como el lucro ciega a empresarios y gobernantes que dejan bajo el tapete el cuento de la "responsabilidad social empresarial" y en segundo lugar a un Estado secuestrado que debiera nacionalizar sus recursos o bien aumentar los impuestos por royalty que se les cobra a los capitales extranjeros para así asegurar las condiciones de dignidad adecuada para los trabajadores de nuestro país e implementar una adecuada fiscalización a las empresas. Con lo anteriormente expresado, las declaraciones públicas invocando ayuda divina, nos parece más bien un mal chiste de la clase explotadora, que un consuelo a las necesidades de las familias.


Durante estas horas, esperamos que la historia tenga un final "feliz", pero cada minuto que pasa, nos hace pensar seriamente en lo contrario. En aquellas circunstancias los responsables debieran asumir que lo sucedido más que un accidente, fue un asesinato. A sabiendas de las condiciones laborales en que operaba la mina y obteniendo recursos para invertir en la seguridad de los trabajadores, se obvió completamente dicha inversión, llevando a 33 personas directo a un trágico destino. Los responsables de este criminal acto debieran pagar con prisión efectiva, como un mínimo acto de justicia. No nos debiese extrañar que el discurso oficial y los medios de comunicación traten de utilizar la figura de los "mártires" que sacrificaron sus vidas por el "progreso nacional", mientras que sus mujeres e hijos serán envueltos por cámaras y políticos ofreciendo soluciones que en nada repararan el daño que le han hecho a sus vidas. Se llevará un intenso debate de por qué no se hizo lo que se debió hacer, el cual finalmente será olvidado por un nuevo tema de conversación y con ello, como nación seguiremos viviendo en el país de la alegría.


De tener un final feliz, los aplausos, abrazos y emoción por el heroísmo y capacidad de resiliencia de esos hombres y sus familias, que con coraje han sobrellevado estas horas funestas se verá contrastada por políticos que buscan obtener una ganada política de este hecho (ya lo hicieron con el terremoto, y las cifras de pobreza y desigualdad), serán invitados a la Moneda como héroes y los canales de televisión disputaran cada detalle de sus relatos acerca los momentos que vivieron bajo la roca. Luego de los flashes y las promesas cada uno volverá a su sencilla y esforzada vida como minero, donde los esperan sus compañeros que siguen en condiciones indignas.


La espera que hemos vivido estas semanas nos ha llevado a reflexionar acerca de la existencia de un sector del pueblo que vive en la espera, que los "políticos" los saquen de esta trampa, y en el cómo la confianza depositada en este modelo neoliberal se desvanece día a día. Por nuestra parte las respuestas no están en los representantes de la política ni en los grandes empresarios, sino en nosotros como pueblo y en nuestro proceso de articulación social. Los sucesos de esta semana son simplemente la agonía de un enfermo terminal que se niega a morir.


Día a día este modelo nos demuestra que no tiene respuestas a las demandas sociales que se le imputa. La inconsistencia del discurso ya no da para más. Nosotros como sociedad civil debemos plantear las salidas a esta permanente crisis. Circunstancias como el terremoto y las cifras de la CASEN, nos hacen despertar de la ilusión del país modelo del nunca jamás y hacernos reconocer el país real en que vivimos, carente de un proyecto país y abandonado a los devenires de los mercados.


A las puertas de un Bicentenario nacional, no sé si debamos esperar otros 100 años para saber si el cuento de Baldomero Lillo sigue vigente. Asumamos el país que somos y cambiémoslo al que soñamos (ahora).


Aquiles Hernández

Corriente de Acción Estudiantil PUCV

Espacio de Reflexión Contingente Trabajo Social PUCV



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